
Beli Robles: yoga para niños, adultos mayores y cuerpos que necesitan otra forma de práctica
El yoga llegó a su vida cuando atravesaba una relación extrema con su propio cuerpo. Un año después, una pérdida gestacional, tres intervenciones cardíacas y un ACV obligaron a Beli Robles a aprender incluso a caminar a otra velocidad. Hoy enseña yoga a niños, embarazadas, adultos mayores y personas que atraviesan enfermedades crónicas, y se formó también en Yoga Sensible al Trauma. Su experiencia terminó convirtiéndose en una manera de enseñar: la práctica no puede pedirle lo mismo a todos los cuerpos.
El yoga llegó a la vida de Beli Robles por una invitación de su madre.
Era 2017. Beli atravesaba entonces una anorexia severa y recuerda aquel período como un tiempo en el que la percepción de sí misma había quedado casi enteramente ligada a una pregunta: cómo se veía su cuerpo.
Nunca parecía suficiente.
Su madre le sugirió probar una clase. Beli aceptó y llegó al shala sin imaginar que allí empezaría a modificarse esa relación.
No fue una postura determinada. Tampoco una destreza física.
Fue el silencio.
“Descubrí que en mí había mucho, muchísimo más”, recuerda.
Comenzó entonces un proceso lento junto a su maestra, Natalie Aguilera. El yoga no resolvía aquello que atravesaba, pero le ofrecía otro lugar desde donde observarse. El cuerpo dejaba, poco a poco, de ser solamente una superficie que evaluar.
Un año después, esa idea tendría que enfrentarse a una realidad mucho más dura.
Dos velocidades en un mismo cuerpo
En 2018, en apenas cinco meses, Beli atravesó una pérdida gestacional, tres intervenciones cardíacas vinculadas, según relata, a un aneurisma y un accidente cerebrovascular en el contexto de un síndrome antifosfolípido.
Perdió movilidad.
Los días de terapia parecían interminables. Beli recuerda espacios sin luz natural en los que cerraba los ojos e imaginaba el sol sobre la cara.
No podía decidir lo que estaba ocurriendo con su cuerpo. Sí podía, descubrió, dirigir la atención.
Respirar, aunque doliera. Observar un pensamiento. Hacer foco. Esperar.
Uno de los momentos más difíciles llegó cuando volvió a ponerse de pie y descubrió que uno de sus pies no respondía como antes.
Caminar implicaba esperar.
“En mi propio cuerpo había dos velocidades. La vida me estaba enseñando que mi ritmo era único y que eso era lo que importaba.”
Aquello cambió también su manera de practicar.
El yoga ya no podía medirse por la postura que conseguía hacer antes del ACV. Algunos días era un movimiento mínimo. Otros, una respiración más corta. A veces consistía simplemente en llegar al mat y trabajar con lo que había.
Adaptar dejó de significar hacer una versión menor de la práctica.
Era la práctica.
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Lo que el cuerpo puede hacer hoy
Natalie le había enseñado una idea que Beli terminaría comprendiendo lejos de cualquier estudio: el yoga también ocurre fuera del mat.
Durante la rehabilitación dejó de ser una frase. Estaba en aprender a caminar sin exigirle al cuerpo una velocidad que ya no podía sostener. En aceptar la incertidumbre. En reconocer el miedo y continuar.
Después llegó Emma, su segunda hija.
Practicar durante el embarazo, tras todo lo atravesado, abrió para Beli otra experiencia con el cuerpo. Después de su nacimiento apareció con claridad el deseo de enseñar.
Hoy es instructora de Kundalini Yoga, formada en la escuela Guru Ram Dass de Buenos Aires. También se certificó en yoga para personas con enfermedades crónicas y oncológicas bajo una metodología de Yoga Sensible al Trauma, a través de Yoga Sin Fronteras de Barcelona.
Trabaja con niños, embarazadas, adultos mayores y personas que atraviesan diagnósticos o tratamientos.
Lo que une públicos tan diferentes no es una misma secuencia.
Es justamente la capacidad de cambiarla.
“La práctica se adapta a lo que el alumno pueda hacer. Esa es la práctica correcta: lo que ese cuerpo permite.”

Una práctica que no empieza con un cuerpo ideal
Hay personas con mucha energía y otras atravesadas por fatiga. Quienes buscan fortalecer el cuerpo y quienes necesitan aprender a detenerse. Un embarazo modifica movimientos y sensaciones. La edad también puede cambiar rangos, tiempos y apoyos.
Una enfermedad puede alterar todo lo anterior.
Para Beli, enseñar empieza por mirar esa realidad y no por intentar que la persona encaje en una secuencia predeterminada.
Cuando trabaja con alguien que atraviesa un diagnóstico, además, cuida especialmente el lenguaje. Una enfermedad puede ocupar una enorme parte de la vida, pero no necesariamente define la totalidad de una persona.
El yoga tampoco ocupa el lugar de un tratamiento médico.
“Puede ser una herramienta para acompañar procesos de enfermedad sin reemplazar el tratamiento”, explica. La práctica puede incorporar respiración, relajación, atención o movimiento dentro de las posibilidades de cada persona, siempre respetando las indicaciones de los profesionales de salud.
La fatiga, señala, puede resultar especialmente difícil en una cultura acostumbrada a valorar el rendimiento y la capacidad de seguir.
Aprender a registrar cuánto puede sostener un cuerpo también forma parte del cuidado.
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Cuando una postura importa menos que una palabra
Con los niños, el yoga cambia de lenguaje.
Hay juegos, canciones, historias, imaginación y movimiento. Las posturas existen, pero no son el centro.
“Los niños me enseñaron que el movimiento no tiene que ser perfecto”, dice Beli.
Para ella, una práctica infantil no consiste en reducir una clase para adultos. Los propios niños intervienen en ella. La presencia se trabaja jugando. Y las emociones también encuentran un lugar.
En un encuentro reciente, Beli propuso una ronda. Los niños podían contar qué cosas los hacían sentir felices, ansiosos o tristes.
Una niña dijo que ir al colegio la ponía triste porque extrañaba a sus padres.
Ellos estaban presentes.
Hasta entonces habían observado que su hija no quería ir a la escuela. Lo que no habían logrado comprender con la misma claridad era qué emoción había detrás.
Escuchar a otros niños y encontrar un espacio donde hablar permitió que ella pudiera nombrarla.
Para Beli, ahí aparece una dimensión especialmente valiosa del yoga infantil: muchas veces un niño todavía no dispone de las palabras exactas para explicar lo que le ocurre. El juego puede convertirse en un camino para encontrarlas.
El yoga, aquella mañana, no había servido para que una niña hiciera una postura mejor.
Había servido para que pudiera decir algo que necesitaba ser escuchado.
Beli ha llevado esta mirada también a experiencias como Yoga Kids – Superpoderes del corazón, una propuesta publicada en Wellvi que combina yoga, respiración, cuentos, juego y reconocimiento de las emociones.
Enseñar desde lo que hay
Beli aprendió primero esa adaptación en sí misma.
Cuando un pie avanzaba y el otro necesitaba más tiempo. Cuando respirar era lo que podía hacer. Cuando volver al movimiento significaba dejar de compararlo con el movimiento anterior.
Años después, esa experiencia aparece de formas distintas frente a ella: en un niño que necesita jugar para prestar atención, en una mujer embarazada, en un adulto mayor o en alguien cuyo cuerpo ya no responde como antes.
No les propone llegar al mismo lugar.
Tampoco espera que primero sean más flexibles, tengan más energía o recuperen una determinada versión de sí mismos.
La pregunta es mucho más concreta:
¿Qué puede recibir este cuerpo hoy?
Ahí se encuentra el hilo que une edades, historias y circunstancias tan diferentes.
La práctica empieza con la persona que ya está ahí.

Encontrá más propuestas de yoga en Wellvi
Explorá Yoga/Pilates en Wellvi y descubrí estudios, profesores y distintas maneras de acercarte a la práctica.
También podés conocer Yoga Kids – Superpoderes del corazón, una de las experiencias infantiles guiadas por Beli publicadas en la plataforma.
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El yoga puede acompañar procesos de bienestar, pero no sustituye el diagnóstico, seguimiento ni tratamiento indicado por profesionales de la salud.
